Un archivo, una madre y todas las batallas del mundo en tres mujeres

Mamushkas. Carla Lucarella en OdA desde el domingo 15 de abril de 2018 hasta el viernes 4 de mayo de 2018.

Muchas veces, al despertarnos luego de un sueño, pensamos: “No debo olvidar esto”. La sensación de algo valioso escapándose, cayendo lejos luego de haber estado dentro nuestro, siempre es de un placer frustrante.




Una madre, por ejemplo, es una especie de sueño crónico, es algo que llevamos dentro y que muere innumerables veces a lo largo de la vida. Muere y vuelve, en constante lucha entre la imagen que construimos y la absoluta ajenidad que respira del otro lado de nuestros ojos.
Mamushkas, de Carla Lucarella, es uno de esos trabajos en los que la fuerza de lo biográfico es tal que hubiera podido correr el peligro absorberlo todo. Sin embargo, escapa al golpe de efecto, al relato sentimental que pide identificación y empatía, y se da el lujo proponer un sistema -la curaduría es de Lorena Fernández- estructurado de modo impecable que contiene, piensa, toma decisiones y genera una lógica visible de (auto)construcción bionarrativa.
Se trata de un cuerpo de obra conformado por textos e imágenes que provienen casi exclusivamente del álbum familiar de la artista, y que registran el fascinante y misterioso paso por esta tierra de su madre, Rosa, fallecida a los 26 años (a los 4 años de Carla). Una serie de 72 piezas colgadas de forma impecable sobre la pared -en un montaje que podría asociarse a algunos trabajos de Sophie Calle-, en la que las fotografías, conjuntamente con una prosa sobria, proponen un recorrido por la idea de la memoria en tanto (re)construcción, en este caso, organizada, edificada y administrada en su más profunda emotividad como un archivo.

En efecto, el archivo es en este trabajo la demostración de lo que estudiosas y estudiosos de este proceso vienen alegando desde hace años: “Definidos no tanto por el contenido de su información como por sus ‘agujeros’ y sus ‘documentos silenciosos’, los archivos son cualquier cosa menos colecciones neutras de información” (Arte y archivo, Anna María Guasch).
Mamushkas es, entonces además de un archivo en tanto “herramienta para mapear lo desconocido”, tal como lo manifiesta lúcidamente la curadora, una indagación sobre la figura de la madre, de la función-madre, podríamos pensar, y de cómo ese lugar va tomando diversos cuerpos a lo largo de las generaciones, y de cómo la tensión entre la repetición y la singularidad va llevando adelante los vínculos de una familia.




Pero, ninguna novedad: lo personal es político; entonces, todo el universo femenino que se despliega en este trabajo forma un relato que atraviesa (es atravesado por) la década del setenta, y que reconstruye el derrotero de características casi mitológicas de una niña que se convierte en mujer y en la que se va adivinando el conflicto entre la normalización hacia una vida de calma y felicidad burguesas y un carácter (¿un destino?) agitado cultivado, suponemos, por su accidentada biografía durante los primeros años. La presencia de las instituciones, es decir, la inserción en ellas o su expulsión, presiona desde el fuera de campo y alimenta una huida hacia adelante: la familia de origen, las instituciones de adopción, las instituciones educativas, la formación de una familia, la maternidad, etc. son estructuras en las que Rosa entra y sale, a las que acata y subvierte, respeta y agrede.

La voz femenina de Lucarella, entonces, narra su propio lugar de hija a través de esa otra subjetividad, la de Rosa. El puente entre ambas voces está plagado de huecos, interrumpida por falta de documentación, por exceso de presencia (algunos retratos no dejan alejarse “…porque sin posibilidades de explicación, Rosa había logrado desarrollar una relación íntima y secreta con el acto de ser fotografiada… “, en los términos de la curadora), en fin, interrumpido por decisiones inexplicables.

La pulsión hacia un futuro ya agotado, propio de la condición fotográfica, encuentra en Mamushkas un cuerpo de obra y una voz que vuelven a anudar ese vínculo inextinguible y fundante de la imagen fija con la muerte. Lo anudan, en efecto: lo recrean en un pequeño círculo conformado por Rosa, Carla y la hija de Carla, Lara. Solo que ese círculo contiene, como las historias mitológicas, contradicciones, pasiones, manifiestos, batallas y derrotas, es decir, todo lo que conforma la política las emociones, es decir, la política de lo que nos une con lxs otrxs en tanto mujeres.
Así, la posibilidad de visibilizar estas batallas, del amor como (auto)combate es uno de los pocos signos esperanzadores en estos tiempos de devastación y miseria. Lo vital aparece, entonces, como combate, como lucha; lo tanático presiona desde afuera: el optimismo hipócrita, vacío, la alegría de un globo que se eleva y se pierde en el aire, lejos de las imperfecciones de esta tierra. O, como lo confiesa Annette Messager en esa forma asumidamente amatoria del archivo: “Colecciono como una forma de protección, como un modo de luchar contra la muerte”.





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Crudo