Sodoma Buenos Aires

Diosas. Martín Di Girolamo en Ruth Benzacar desde el miércoles 30 de julio de 2008 hasta el sábado 6 de septiembre de 2008.
Una muestra en la Galería Ruth Benzacar desviste los mitos e ilumina la piel de modelos tan duras como plásticas. Arte y concepto: Martín Di Girolamo.

La caída de los ídolos, desde los ídolos mismos: he ahí la propuesta de Di Girolamo. Una fiesta del borrico donde se ridiculiza lo impuesto.

Es evidente que el concepto no ha muerto. Más aún: la escultura respira, tiene ideas y se atreve a jugar con los instintos, el mercado y la mirada.

Tras observar las obras de su muestra en Ruth Benzacar, emerge un interrogante hermenéutico: ¿Qué hay detrás de las figuras construidas (¿o debo decir deconstruidas?) por Martín Di Girolamo? ¿Qué esconde esa intención plástica, natural y pornográfica?

En principio, las cuestiones técnicas están bien resueltas. Los equilibrios asombran y la composición es aceptable. El color es el resultado de amalgamas simples, antes que irreverentes y concienzudas; debe destacarse el empleo del oleo, lo cual, por sí solo, merece la aprobación.

Pero regreso a lo importante: el concepto. Y aquí el punto de Di Girolamo. Estructuras y espacios emparentados a Jeff Koons, estas obras indagan la brutalidad de los modelos aceptados. Los brillos logrados en los negros, la banalidad total de la imagen, los detalles hipócritas puestos en primer plano, la tangible suavidad monetaria del fetiche: esa es la idea profundizada sin temor.

La intención, que no es exagerada, si es polémica, lo cual es bueno y elogiable.
Iconos de gran pregnancia, han de vivirse dialécticamente. Martín capta parte de nuestro sopor fútil. Ese es su concepto: sexorama insinuado; pornocracia y solípedos. Inmersos en la fiesta de yeguas, burros y asnos, no podemos dejar de identificarnos con estas esculturas. Calan hondo. Interpretan bien la estupidez crónica de la mediática aldea global.

Pero estos trabajos van más allá. El hiperrealismo conseguido, la horripilante sensualidad grupal y la pose obscura de las diosas, transportan el pensamiento hacia cosmovisiones profundas –y alarmantes. Si a la lupa capitolina, la misma que amamantó a Rómulo y Remo, le adosamos alas, la transformamos en uno los demonios mesopotámicos, probablemente el más temido de entre los genios de las tinieblas.

Estas diosas evocan a la mítica loba romana: nos amamantan, pero no con leche. Entregan pan y circo, y varias están aladas. Son diosas del infierno e íconos del ícono, becerros de plástico en un mundo de corderos.

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