La palabra a contrapelo

Viva la tipografía. Juan Carlos Romero en Barraca Vorticista (Vórtice Argentina) desde el jueves 25 de septiembre de 2008 hasta el domingo 30 de noviembre de 2008.

En estos últimos meses los habitantes de la Ciudad de Buenos Aires hemos asistido a una contienda silenciosa y por tan visible, casi invisible.

En algún periódico, tal vez en la radio, se anunció la voluntad del Gobierno de la Ciudad de regular y limitar en un porcentaje la publicidad callejera eliminando gran parte de lo que llama, contaminación visual urbana.

La respuesta no tardó en aparecer. Desde los carteles en las terrazas de los edificios, los afiches en las vallas de las obras en construcción, desde los luminosos, los iluminados, los enormes, los pequeños, de papel o de vinilo multicolor, todos afirmaban: "Gracias a este aviso se vacunaron tantos niños", "Gracias a este cartel se realizó campaña solidaria" y muchas variantes más que subrayaban la función social de la comunicación masiva.

Tal vez de ambos lados se omitió mostrar el último interés de este forcejeo. Quién se queda con el beneficio económico de tanta publicidad comercial, quién controla el espacio visual de la ciudad que le da fondo permanente e influencia a la vida de millones de personas día a día.

No cabe duda de que esta puja nos revela al espacio público como un lugar de poder y que si la inversión para controlarlo, defenderlo y retenerlo es tan grande aún más grande debe ser el beneficio.

En las paredes de la Barraca Vorticista, (espacio de arte y artistas que cumple diez años de vida intensa), Juan Carlos Romero nos invita a ver, reunidos por primera vez, los afiches que realizó durante más de cuarenta años.

Tanto los más antiguos como los más recientes aprovechan las técnicas más básicas de impresión, utilizadas todavía por las pocas imprentas tipográficas que hacen los carteles para las bailantas o para anuncios que requieren baja inversión y que luego tapizan paredones perdidos, muros abandonados o, simplemente, aparecen en la madrugada tapando un cartel del circuito oficial.

La tipografía en distintos tamaños, alguna línea recta dividiendo espacios, la palabra expuesta como grito, ocupando la mayor superficie posible del papel, en negro pleno.

Se concentra un mensaje expansivo con el mínimo de recursos. El punto cero del diseño gráfico, el fondo coloreado para llamar la atención. Otro nivel del grito, su volumen y el eco, estarán representados por la cantidad de carteles yuxtapuestos cubriendo las paredes y llevando al lector a encontrarse con el mismo mensaje una y otra vez hasta que quede resonando en él.

En su libro "Las Ciudades Invisibles", Italo Calvino muestra cómo la ciudad se expone desde los signos que la nombran, sin dejar que detrás de ellos la veamos realmente como es.
"La mirada recorre las calles como páginas escritas: la ciudad dice todo lo que debes pensar, te hace repetir su discurso, y mientras crees que visitas Tamara, no haces sino retener los nombres con los cuales se define a sí misma y a todas sus partes."
Tamara es hoy todas las ciudades en las que vivimos. La ciudad en sus ritmos: impone, condiciona, exige, manda.

La elección de Romero de apropiarse de esta técnica comunicacional, ubica su voz en un lugar preciso de la ciudad semiótica. La palabra a contrapelo.

Donde uno esperaba encontrar la orden que le indique el objeto de consumo, encuentra la frase que lo deja pensando. Cuando el peatón era un recipiente a llenar con condicionamientos, pasa a desbordar su propia interpretación.

Cuando la publicidad jugaba a que el espectador complete el discurso hacia la unidireccionalidad del producto, la palabra incompleta se transforma en denuncia, en testimonio de una ausencia.

Cuando el discurso es una larga sucesión de palabras que hacia el infinito tienden al vacío, una sola palabra se carga con toda la furia de la vitalidad.

La poesía visual llevada a la calle en el mismo lenguaje de la calle y la calle llevada al espacio de exposición que nos permite, en la visión del conjunto, preguntarnos cuál es nuestra posición en este circuito vertiginoso.

La ciudad, como lugar de poder, cuestionada desde el rincón más humilde, un cartel barato haciendo ruido en la homogeneidad del discurso.

Podemos reconstruir desde esta muestra, una historia de intervenciones urbanas, una historia de preocupaciones, una historia que reacciona sobre nuestra historia.

Un sólo cartel podría haberse olvidado debajo de los miles de afiches que lo sepultaron, en el lúcido gesto de exponerlos en conjunto aflora un saber, una reflexión y un incentivo. El arte sondeando al hombre a través de la forma.

La lección de Romero: "... libre para decir cualquier cosa y hacer lo que se me da la gana."

Una sola palabra, bien puesta, puede desbaratar toda la estructura.

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