Ser mujer es cosa de hombres también

Frescas siempre frescas. Kiki Lawrie en Thames - Galería de Arte desde el jueves 31 de marzo de 2011 hasta el martes 26 de abril de 2011.
Frágiles, protegidas, prisioneras, sometidas, quebradas, mancilladas, recuperadas, enaltecidas, idolatradas.

¿Qué es lo que hace, que una mujer sea y/o se sienta identificada como parte del género femenino de la raza humana? ¿De qué está hecha la mujer? ¿De una apariencia social y culturalmente construida? ¿Seguimos hoy, en el siglo XXI, respondiendo a trillados mandatos y soñando las fantasías que aquellos nos generan, o intentamos revelarnos? ¿Y acaso, una u otra opción, no son caras de una misma moneda? En Frescas siempre frescas, el cuerpo de la mujer está ausente, sin embargo, su presencia es absoluta a partir del “objeto único” que la artista plástica Kiki Lawrie toma, para trabajar estas ideas, representarlas y reflexionar sobre ellas. El “objeto vestido” que se reitera en todos los cuadros, objetos e instalaciones que constituyen la muestra, no remite a moda ni consumo. Es símbolo y metáfora, significado y significante, es concepto y a la vez condición de expresión de otras cuestiones.
Los diferentes materiales utilizados por K. L., enriquecen la textura de cada una de sus creaciones, y la reiteración en el uso que viene haciendo con ellos en muestras anteriores, da cuenta de una continuidad tanto temática, como figurativa. Un trabajo de Series a través del tiempo, donde cada una sirve a un punto de vista diferente en el abordaje que el tema de la mujer exige, en sus múltiples facetas y momentos.
Si entendemos por collage, a la técnica artística que consiste en ensamblar elementos varios en un todo unificado, entonces el collage es la técnica utilizada en los cuadros, objetos e instalaciones presentados por K. L. Los que a su vez en la totalidad de la exhibición, obran como un macro collage. El conjunto de los materiales posee en su diversidad una curiosa característica dual: frágiles y consistentes, perecederos y perdurables. También hay diversidad en el tratamiento que hace de los mismos: pegados, incrustados, dibujados, pintados, impresos, manchados, y recuperados. En relación a esto último, sería cruel referirse a esos magníficos y antiguos vestidos que cuelgan en el patio de la Galería, o al que flota en su fuente (rescatados de la abuela, de la suegra, de la tía, comprados al Ejército de Salvación o vaya a saber dónde), pletóricos de encajes, puntillas y entredós, de seda y algodón blanco, como deshechos. Vestidos de otros tiempos, con más de una historia para contar.
Vestidos que parecen gigantes al sol, comparados con el tamaño de las pequeñas esculturas que, sobre el suelo, junto a la umbría vidriera de la Galería que da a la calle, emergen de entre un mar de sales de baño y burbujas de vidrio a punto de explotar, el cual hace tiempo ha perdido el perfume a jazmín, con el que invadía la sala el día de la inauguración. Estas mínimas esculturas, estilizaciones de vestidos que visten una ausencia, también hace tiempo ya, que detuvieron su danza ondulante frente a la mirada de los transeúntes. Hechas en una especie de papel maché sobre un armazón de alambre que recrea las formas del cuerpo de una mujer, blancas casi de yeso, alisadas y enceradas, están decoradas con flores multicolores dibujadas.
Es entonces que la obra bidimensional reclama su protagonismo, desde el pequeño, mediano y gran formato. Siempre el vestido es el centro y capta nuestra mirada, de a uno o de a montones, enmarcado o no, a veces troquelado. Figuritas y figurines. El blanco patinado, empolvado y apastelado de los dibujos, de las impresiones y de las pinturas, se tiñe con otros colores de igual valor. Las parciales veladuras, accionan un juego de transparencias entre las blondas para las masitas del té, pegadas o impresas, puras y simples flores. Las piedritas brillantes incrustadas y la imposibilidad de completar la lectura de las frases escritas o recortes de ellas impresos, insinúan que no todo es lo que parece. En otras, el vestido se rasga a lo “Lucio Fontana”, dejando ver tras un vidrio una malla metálica, casi una jaula.
Una tras otra, las creaciones de K. L. transforman el ser del vestido en texto cultural. Relata historias de dos universos imbricados entre sí, uno privado y otro colectivo en el devenir del tiempo. En el primero se cumplen y se concretan aquellos mandatos y fantasías: bautismo, comunión, fiesta de 15, la boda. En el segundo, se construyen y adoran los íconos de la historia del arte, la política y la sociedad: Ofelia, Evita, Madonna…
Una obra exquisitamente íntima y femenina, realizada por una artista mujer, que jugando con las múltiples posibilidades que se cuelan entre los pliegues de un vestido, indaga y cuestiona, de manera sutil y delicada, conceptos y preconceptos del universo femenino… y del masculino también.

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