Rubia Rubia... (parte I)

Almotásim: Un juego de referencias cruzadas. León González, Sandra Gutfraind en Espacio Itaú Cultural desde el miércoles 2 de noviembre de 2011 hasta el jueves 19 de enero de 2012.

Los videos de León me calientan. Lo veo tratar a la comida con un amor sumamente sensual y escatológico, sus dedos recorren carnes y pulpas como si escarbaran un cuerpo en busca de los mejores y más sabrosos fluidos.

Son videos en los cuales la exposición de una acción controla el guión y establece los parámetros de la mirada. Ni lección de cocina, ni cocina a elección.
El Menú Cuatro Estaciones es una refinada comida con la que imaginamos que nadie quisiera ser agasajado. Los colores son increíblemente sugerentes, por momentos despiertan el más voraz apetito y, por momentos, parecen plantear que eso que es tan repugnante a la vista seguramente huele muy bien y hasta su sabor debe ser agradable.
Como si se tratara de una cena romántica a menú completo, León cocina dos entradas, un plato principal y, para el final (final) una copa helada. La muerte de la cena es coronada con su mayor representante: la calavera.

Los elementos de la cocina de León de elegantes no tienen nada. Nada de sus objetos transmite grandilocuencia, pulcritud y/o estreno, lo que es un código muy común de la cocina en la pantalla. Sartenes usadas, cacerolas discontinuas, un mantel de hule mal diseñado, la sal Dos Anclas en la bolsa de papel y un trapo rejilla grisáceo, son partes de su colección de utencillos.
Breves ralentandos de la imagen sugieren suspenso de acción, mientras los diferentes temas que acompañan la pieza coronan el climax de cocción.
No creo que se desprenda de este menú la idea de mal gusto, sino, al contrario. El gusto exponencialmente exhibido. El gusto personal.
La sopa de ranas humanoides es verdaderamente increíble. Despierta todas las ganas de saborear la carne blanca y blanda de los bichos junto a ese jugo verdoso que imagino saladísimo.

Para comenzar el armado de La Copa Oblivium, una salsa de frutos rojos se derrama torpemente sobre una superficie que parece un merengue marrón, el mismo gesto será el del coronamiento de la copa.
Llenar un cráneo vacío es recomponer el olvido?

Un dragón desvanecido, encuentra en su lecho de muerte tres flores baratas que le hacen a la vez de decorado y/o almohadón. Parece un dragón con problemas de espalda, recostado de lado, para descansar. La creación de este personaje es como un juego de niños al cual ningún niño podría jugar (con la comida no se juega!) Dónde está la cabeza de un dragón de carne roja, relleno con pasta de todo, que tiene seis patas de gallina fritas y panza de manzanas verdes? El dragón sin cabeza es un dragón desvanecido.

Las obras de Sandra, por su parte, pueden ser igualmente repulsivas para los fóbicos del cabello, para mí son completamente seductoras y femeninas. La cabellera larga es un elemento hipersensual. El pelo cae liviano y lo depositamos en nuestra mente sobre un fondo de piel suave, una espalda fina de contorno definido y bien colocada, o tal vez sobre unos rosados pezones que tratan de asomarse por entre la lluvia de finos hilos brillantes.
El auge de las pelucas, en el siglo XVII/XVIII, se dio por la influencia de Luis XIV, un pionero en varios ámbitos que exacerban lo estético/cosmético. El vastisimo palacio de Versalles, otra de sus grandes obras que ilustran su monarquía absoluta, tiene como centro atractivo de los visitantes (aún al día de hoy), la Galería de los Espejos: puesta en escena del poder monárquico o, tal vez, el poder monárquico materializado en una salita del palacio.

La grandilocuencia fastuosa que exaspera con su lujo maquillado es un gesto imperialista basado en la monumentalidad de los bienes.

La peluca, como toda buena pieza artística, cumplía con estos cometidos, pero tenía a su vez una funcionalidad ineludible que era la de proteger la cabeza de las bajas temperaturas y camuflar, con la imagen del lujo, la “desprolijidad” sanitaria típica del periodo al que nos estamos refiriendo.

La gran peluca-araña colgante de Sandra hace de síntesis de los elementos suntuosos de la puesta en escena del poder, un poder que debe de ser aquel que cae junto al Antiguo Regimen, para empezar a tomar, en adelante, nuevas formas estilísticas, no tan nuevas y no con tanto estilo (esta es una apreciación personal).
La araña es una lámpara rubia. Muy rubia.

Si al descorrer la cortina al encuentro (por fin!) de Almotásim, el hombre que irradia luz, el estudiante de Derecho se ha encontrado consigo mismo, con su ser → entonces este ensayo/ficción de novela ficcionada es en verdad una ficción de reconocimiento del yo (como sugieren, muchos autores que interpretan el dificultoso relato desde esta perspectiva).

CONTINUA ... (parte II)

compartir
Con el apoyo de