Lo visible y lo carnal

Quiasmo. Nuna Mangiante en La Ira de Dios desde el sábado 19 de marzo de 2016 hasta el viernes 22 de abril de 2016.

…lo visible es siempre superficie de una profundidad inagotable
Maurice Merleau-Ponty

El cuerpo es la dimensión de los sentidos, la latencia, el contacto del instante con la materia. La lengua viva acude al movimiento en el tiempo y el espacio, derrama su lactancia infinita, las partículas incandescentes de toda singularidad.
La persistencia de la piel, la extremidad luminosa de la visión, el flujo incandescente de la carne, componen una huella, única, y singular. El acontecimiento, el ir y venir en la tierra, en el aire, en la composición de un paisaje o de las formas organizan una madeja de significados. El cuerpo insiste, rasga, atraviesa la membrana de su epidermis para estar y ser en el mundo. El filosofo francés Maurice Merleau-Ponty presiente que lo carnal y el mundo se enredan; son único y mismo Quiasmo, síntesis vital donde mente y cuerpo son a la vez sustancia y esencia.
Quiasmo es un nudo metafísico y orgánico: lo carnal se impregna de visiones y potentes miradas encarnan las perspectivas del espacio.
Nuna Mangiante propone un recorrido entre amplios dibujos, excesos sombríos de una visión que se ilumina, donde los cuerpos circundantes activan la potencia carnal de cada grafico. El espacio nace en los recovecos que circundan tableros y caballetes, abriendo una región de encuentro, propicia para el acontecimiento quiásmico.
Los dibujos no representan, son presencia e investigación poética de la propia mirada y guardan el signo vital del cuerpo que los pronunció; el exceso, la materia del lápiz que transforma la madera y el metal, opera inventando nuevas formas para la disposición orgánica. También son misteriosos, en el sentido en que Jean-Luc Nancy define el misterio, que no designa nada oscuro ni impenetrable: al contrario, es la revelación de una presencia para si misma…
Los ojos, y la dimensión cultural de la mirada, aparecen trastocados, en la instalación de Mangiante, los ojos se han desplazado del cuerpo para desplegarse en los dibujos. Se mueven en ese espacio estático de los caballetes, las paredes y la sala, que adquiere vida en los cuerpos que asisten. Así, sus ojos son carne de otras miradas, estructuras singulares de la visión que abren nuevos mundos, originales potencias creativas.
Cada dibujo mira, desde las formas geométricas que se reiteran armoniosamente hasta las onduladas partituras de sus composiciones, los gráficos acuden a la visión, la interpelan, invocando un límite que sólo desaparece en el corazón de la materia.
El intercambio, el nudo, el quiasmo, es esa mirada desenfocada que, en el descubrimiento de su propia capacidad de mirar, mira. La insistencia vital del tiempo acompaña todas las preguntas programadas, el cosquilleo de la sangre, el trazo, uno tras otro, haciendo de la nada todo.

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